sábado, 30 de mayo de 2015

La última tentación de cristo

Año: 1988
Género: Drama
Audio: Castellano Latino

La última tentación de Cristo es una película 
estadounidense-canadiense, dirigida por Martin Scorsese. 
Protagonizada por Willem Dafoe, Harvey Keitel y Barbara 
Hershey en los papeles principales. Basada en la novela 
homónima de Nikos Kazantzakis.
La cinta narra la vida de Jesús (Willem Dafoe) de manera 
más o menos acorde con los Evangelios (al principio del 
filme Scorsese advierte que es una obra de ficción sin 
pretender describir de manera detallada la vida de Jesús). 
La trama cambia sustancialmente al momento de la 
crucifixión cuando un supuesto Ángel (Juliette Caton) llega 
a liberar al Cristo de su martirio para que pueda vivir una 
vida normal al lado de María Magdalena (Barbara Hershey).
Jesús es un ser humano como todos, pero después de algunas 
señales divinas, pasa algunos días en el desierto. Ahí, 
resiste las tentaciones de Satanás, para al fin, descubrir 
y comenzar su vida como el Mesías.
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Entre lo humano y lo divino

Es precisamente la confrontación entre lo humano y lo 
divino, la lucha interna entre lo que vive en nuestro 
interior de espiritual y de material, la esencia misma del 
cine de Scorsese, un cine profundamente existencialista y 
atormentado. Su Cristo mira en su interior con un 
salvajismo inusitado, y las heridas de su cuerpo, su 
sufrimiento físico, es al mismo tiempo espejo y 
representación de su aflicción y angustia interior. Cristo 
como parábola y metáfora del sufrimiento del mundo, más que 
como vehículo de fe. Y en esa metáfora, se une lo abstracto 
y lo carnal. No caben, por tanto, aquí las quimeras 
integristas y simplificadoras de otros acercamientos a la 
mítica figura de Jesús. En primer lugar, para Scorsese, 
Jesús era humano, atrozmente humano, y esto otorga una 
nueva dimensión, más real y más poderosa, a su condición 
divina o celestial. Narra los episodios de Jesús de manera 
incluso ortodoxa, pero la dimensión humana que Dafoe y 
Scorsese impregnan al personaje convierten a esos episodios 
tan conocidos en algo mucho más sincero y auténtico, como 
si nunca los hubiéramos visto antes. El tercio final, 
realmente magnífico, hace por fin pedazos la figura y la 
mitología del personaje, para deconstruirla y hacerla más 
verdadera, más dolorosa, más bella.

“Consideré que se trataba, en cierto modo, de una señal 
religiosa, que Dios había dicho que yo no estaba preparado 
para hacer la película y necesitaba sufrir más 
humillaciones. Es cierto, estoy convencido de ello’
- Martin Scorsese, 1994

Cuatro años después de la primera intentona de levantar 
este proyecto, Scorsese tenía pocas esperanzas de que algún 
día se hiciera realidad. Eso sí, seguía intentándolo con 
resignación y paciencia. Para un hombre como él, 
proveniente de una tradición tan católica, que incluso se 
había planteado hacerse cura en su juventud, esta película 
era algo así como un desafío personal. Más aún cuando la 
novela de Nikos Kazantzakis le proveía de un punto de vista 
muy afín a su idiosincrasia artística, con el que podía 
elaborar un discurso sobre Jesús mucho más personal y 
alejado, en cierta forma, de lo que se podría esperar de un 
relato de estas características. Pero las mejores opciones 
no daban frutos debido a las presiones de los grupos 
católicos más integristas, que lograban complicar las cosas 
todavía más. Todo cambió para él cuando, a comienzos de 
1987, Michael Ovitz (que por entonces gozaba de un 
considerable poder en la industria) se convierte en su 
representante y le presenta a Garth Drabinsky, propietario 
de la más importante franquicia de cines en Norteamérica y 
Canadá, que le asegura la distribución en esos países a 
pesar de la amenaza de boicot, y al que le gusta tanto el 
proyecto que pone sobre la mesa la mitad del dinero 
necesario para hacerla realidad.
De tal modo que Scorsese, de una vez por todas, se lanza 
decidido a por la película. Eso sí, debe afrontar una 
drástica reducción de la producción inicial, pues de las 
necesidades y el presupuesto previsto cuatro años atrás, 
apenas puede contar con aproximadamente la mitad.
El actor que iba a interpretar a Cristo, inicialmente, era 
Aidan Quinn, pero en el último momento se echó atrás, 
aduciendo que le habían aconsejado, debido a la enorme 
presión integrista, que no participara en la película. 
Scorsese no se amilanó y enseguida se puso a considerar 
otras opciones como Christopher Walken, Eric Roberts o 
Willem Dafoe, que finalmente se quedó con el papel. Ahora, 
resulta inimaginable cualquiera de ellos como Cristo, 
porque Dafoe lleva a cabo una de las interpretaciones más 
desgarradas y fascinantes de toda su carrera.

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